58/ ARRECIFE

La localización y configuración de Arrecife determinó su existencia, antes que cualquier otra razón. Durante la etapa del Antiguo Régimen (siglos XV-XIX) fue un emplazamiento privilegiado como área portuaria. Situada en el Naciente, donde se sitúan las costas más tranquilas y con una especial orografía, determinó la atracción que tuvo este lugar. Cuatro islotes, cinco ensenadas, bajas, playas, peñascos, arrecifes, cabos, bancos de arena, charcos, hacen favorable suavizar el mar abierto y que recale en las aguas tranquilas del interior. De todo el litoral del Archipiélago destaca un lugar que será reconocido como el mejor puerto natural de Canarias, Puerto Naos, por el que entraron y salieron la mayor parte de las embarcaciones en Lanzarote.
Por ser una apreciada zona para arribar, a finales del siglo XVI se construye en el lugar una torre defensiva y el ingeniero Torriani planifica para Arrecife un sistema defensivo amurallando el lugar, asumiendo que era el Puerto de Lanzarote y, por lo tanto, primera línea defensiva de la Isla. Confía tanto en las bonanzas estratégicas del lugar que propone que se amuralle y habite. Redundando en su remota importancia, y escasa pero incipiente arquitectura, hacia finales del siglo XVI también se construye una ermita dedicada a San Ginés.
A mitad del siglo XVII se reforma y desde entonces fue nombrada la fortaleza de San Gabriel, en honor al Capitán General de Canarias que ordena su reparación.
Además del baluarte y el templo, otras construcciones se constatan, principalmente relacionadas con el trasiego portuario, aunque en exiguo número.
Hasta el siglo XVIII imperaron las condiciones derivadas de la inseguridad que representaba ser el lugar por donde recalaron la mayoría de las incursiones que sufrió la Isla y, además, un monopolio erigido a partir del señorío sobre el comercio en el lugar. Nadie, excepto quien ostentaba el monopolio podía abrir un comercio, ni comerciar en el espacio público. En las primeras décadas del siglo XVIII el caserío rondaba unas quince construcciones y a mitad alcanzaban las cincuenta. A medida que avanzaba la centuria mejora la idea de seguridad. La fortaleza del lugar se había reedificado durante el XVII, descendiendo el número de incursiones desde 1618, la última gran invasión en la Isla.
El monopolio que se regía, periódicamente soslayado, fue superado y la población pudo acceder a las actividades comerciales. El estacionario comercio de cereales, principal producto exportador durante el Antiguo Régimen en Lanzarote, precisaba de un punto de embarque, y Arrecife había ido concentrando el mayor volumen, al igual que de las importaciones. A medida que avanza la segunda mitad del siglo XVIII se suceden diferentes coyunturas, de las que destaca la que se generó con la incorporación de un nuevo producto que será decisivo para el lugar.
El comercio de la barrilla -planta cuyas cenizas tenían uso industrial- precisó de almacenes que acogieran la producción insular donde esperar a la nave que la llevaría hacia Europa.
Sitios donde comerciar y vivir. Importantes comerciantes de otras Islas comienzan a residir en El Puerto, aunque la atracción de pobladores del interior siempre fue mayor, los foráneos de la Isla suponen el afianzamiento de la idoneidad de Arrecife. El volumen del comercio de la barrilla nunca fue mayor al de cereales, pues éste representa siempre algo más del 50%, sin embargo, la rentabilidad económica era incomparable. La barrilla supone una importante expansión económica que señalaría una etapa clave para el lugar. Arrecife generará el menor volumen de materias primas que sustentan las exportaciones insulares pero con-centrará el mayor de lo producido en el resto de municipios, para embarcarlo por sus puertos. Desde entonces, el despegue económico implicará el poblacional, y éste, al administrativo y político.
La evolución poblacional nos da las claves de las pautas que se desarrollaron en su proceso urbanizador. Desde su inicio como un asentamiento improvisado a la sombra de un puerto se mantiene muchos años con un escaso número de pobladores.
Tras las erupciones volcánicas de la primera mitad de siglo XVIII se produce una reorganización de los asentamientos y de los espacios agropecuarios. Los pobladores de las zonas sepultadas se redistribuyen y, poco a poco, surgen asentamientos o se consolidan. Arrecife no se beneficia especialmente de esta corriente durante la primera mitad del siglo XVIII, y es a finales de ese siglo cuando logra atraer a nuevos colonos, principalmente del interior. Las diferentes rémoras se fueron superando durante el siglo XVIII, pasando de 28 vecinos en 1735 a 78 en 1776.
En la década de 1770 se inicia una corriente inmigratoria, tanto del interior como del exterior de la Isla, que supondrá el despegue poblacional que determinará su pronto encumbramiento como municipio. A principios del siglo XIX ya superaba Arrecife los mil habitantes. A mitad de siglo, los dos mil y, a finales, los tres mil. El siglo XX aporta una evolución destacada. A poco de iniciarse la centuria: la población alcanza los cinco mil habitantes. A mitad de siglo la población se había duplicado y a finales, cuadruplicado.
Desde finales del siglo XVIII el enclave pasó de ser poco significativo al principal. Destaca la importancia del siglo XIX para esta localidad, que la señalará como ciudad decimonónica donde se gesta un encumbramiento de ámbito insular.
Para que esto se llevara a cabo, muchas circunstancias se fueron superando, dando paso a mejores expectativas. A finales del siglo XVIII se construye otra importante obra defensiva del puerto de Arrecife, la fortaleza de San José se localiza a la entrada de Puerto Naos. Tenía que defender, no ya al pequeño caserío que se ubica tras la fortaleza de San Gabriel, tras el lugar que originariamente era el Puerto de Arrecife, el Puerto de Caballos.
Arrecife cuneta con dos de las cuatro fortalezas insulares y el único puente, por entonces, reedificado hacia 1772, y dotado con unos remates que darán su nombre, Las Bolas, hoy una de las señas de identidad de la ciudad. Arrecife atraía por entonces, principalmente, a mercaderes, especialmente de barrilla, jornaleros del campo, que se enrolaban ante las cíclicas crisis coyunturales de la agricultura, y artesanos. Arrecife refleja una singularidad insular, dedicación a la actividad portuaria y pesquera.
Apenas unas décadas, y Arrecife consolida lo que ya antes era, la puerta de entrada y salida más importante de Lanzarote. Pronto lo será también en número de habitantes y en actividad económica. Consolidada como principal zona portuaria y pesquera de la Isla, lo será también como zona comercial, administrativa y principal alternativa ocupacional con respecto al resto de la Isla, casi exclusivamente agrícola y pecuaria.
Un cúmulo de circunstancias determina que este lugar se erigiera como municipio en 1798, siendo el de menor superficie insular, logrando unas décadas más tarde ser la capital insular. En algo más de medio siglo Arrecife pasó de ser un pequeño caserío a capital insular. Los logros se traducen también en el paisaje de la urbe. Lo que sería un asentamiento sin planteamientos urbanísticos pasó a ser un lugar donde la oficialidad intervenía para determinadas cuestiones.
Arrecife fue un lugar de importancia estratégica, aletargado como asentamiento, a la espera del bullicio poblacional. Quiso la historia de Lanzarote que durante mucho tiempo se guardaran "sus puertas" sin apenas residentes. Los factores históricos quisieron poner límites a su sueño. En la segunda mitad del siglo XVIII el lugar más agraciado del Este insular estaba preparado para comenzar, decididamente, a convertir su suelo en solares. Pronto se iniciará un proceso constructor como nunca se había desarrollado en la Isla. Más que exclusivamente impulsivo, el poblamiento de Arrecife era una cuestión de tiempo.