76/ Tijarafe


Los inicios de la historia tijarafera se pierden en la penumbra de sus barrancos y cabocos en los que ya hace más de 500 años que no se escuchan las lenguas norteafricanas traídas por sus primeros moradores, los auaritas. Sólo se tiene constancia, a través de las crónicas de la conquista castellana de la isla de La Palma, culminada en 1493, de la existencia dentro de los actuales términos municipales de Tijarafe y Puntagorda de un reino o cantón aborigen de gran peso dentro del resto del conjunto insular llamado Tixarafe o Hiscaguan, cuyo cabecilla se llamaba Atogmatoma. Pocos son los datos que nos quedan para ilustrar lo que fue el desarrollo de esta zona de la isla en los momentos inmediatamente posteriores a la llegada de los europeos, pero resulta plausible sugerir una progresiva expansión de la agricultura de la mano de éstos junto al mantenimiento de la ancestral actividad ganadera de los aborígenes, plenamente adaptada a las características climáticas y orográficas de las tierras tijaraferas.
El devenir histórico de Tijarafe está íntimamente ligado desde estos primeros momentos a la evolución de la institución eclesiástica, materializado en torno al establecimiento, primero, de una pequeña ermita en torno a 1530, sobre la que se erige a partir de 1567 el templo de Nuestra Señora de Candelaria y, posteriormente, en 1584 de la ermita de El Buen Jesús, que vendrán a dotar de entidad propia a estos parajes. El notable desarrollo que la Iglesia adquiere en estas tierras denota el carácter profundamente religioso de los tijaraferos, que a través de sus donaciones, testamentos, misas perpetuas, etc. conseguirán que la Iglesia Parroquial adquiera cierto esplendor, reflejado en el aumento físico de sus propiedades y de sus ricos objetos de culto.
Los siglos XVI y XVII marcarán la conformación de la futura sociedad tijarafera, surgida de la población asentada tras los repartimientos posteriores a la conquista y de los remanentes de población autóctona que permanecen en la zona. La actividad agrícola se afianzará como la principal ocupación y sustento de los tijaraferos durante estos siglos y será la que, a la postre, posibilitará el desarrollo económico y social en el futuro. La agricultura en Tijarafe ha estado, y lo continúa estando, supeditada a la disponibilidad de agua, en una zona de por sí bastante árida y de escasas precipitaciones. Ésta es la razón por la que, hasta bien entrado el siglo XX, la agricultura de secano ha sido prácticamente la única que se podía desarrollar en el municipio, dependiendo en gran medida de las condiciones meteorológicas para poder obtener unos rendimientos aceptables. Un dato importante a tener en cuenta es que la mayoría de los campesinos trabajaban unas tierras que no les pertenecían en propiedad, a cambio de unas rentas que casi siempre se pagaban en especie. Aún así, los esforzados tijaraferos se las ingeniaron primero para asentarse y consolidarse como núcleo de población en un lugar poco favorable y luego para cambiar las condiciones físicas y tecnológicas que limitaban su desarrollo, logrando así que la población creciera hasta llegar a los 1.911 habitantes a principios del siglo XIX y a su máximo de 3.050 a mediados del XX. Pese a todo este crecimiento no se produce de forma homogénea. Emigración, hambre y mortalidad hacen que la línea evolutiva de la población no sea uniforme.
La llegada del siglo XIX supone el comienzo de unos ambios que van a marcar el desarrollo actual de Tijarafe. Cambios que serán más acusados y profundos en el siglo XX. Así, con la Constitución de 1812, Tijarafe obtiene, al menos en teoría, la carta de municipalidad, si bien la independencia efectiva del control capitalino ejercido por Santa Cruz de La Palma no se logra hasta 1842. Pese a que el fenómeno de la emigración, sobre todo al continente americano, se puede considerar más o menos continuo desde la etapa de la conquista hasta nuestros días, fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando sus efectos se hicieron más notables sobre la población del municipio. A la larga, esta corriente migratoria motivada fundamentalmente por las malas condiciones de vida existentes en Tijarafe, y en toda la isla en general, va a tener también un efecto positivo al propiciar, las remesas de dinero que llegaban de América, un gran cambio en la estructura de la propiedad de la tierra, secularmente en manos de unos pocos terratenientes afincados fuera del municipio. Así, desde principios del siglo XX, se produce paulatinamente el cambio de titularidad de los propietarios y el tijarafero ve como, después de mucho tiempo, la tierra que había trabajado durante generaciones ahora le pertenece. Obtenida la propiedad de la tierra, los esfuerzos se dirigen a mejorar la producción agrícola para lo cual resulta indispensable asegurar el abastecimiento continuo de agua. Desde finales de la década de los 30 del siglo pasado el agua canalizada comienza a llagara a la costa de La Punta , luego, en los años 60, llega el canal de Minaderos y se alumbra agua en la galería de El Caboco. Con la llegada del agua se da el gran salto de la agricultura de subsistencia de secano a la de producción de regadío, con el cultivo del plátano como gran protagonista.
El desarrollo económico que este cambio produce viene también paralelo a la llegada de la carretera general de circunvalación en los años 40, que permitirá una enorme mejora en las comunicaciones y supondrá una vía de entrada de constantes innovaciones que llevarán la prosperidad a Tijarafe tras azarosos siglos de grandes penurias y vicisitudes.
La última “revolución” socioeconómica que ha afectado significativamente al municipio se comenzó a gestar hace menos de tres décadas, con la arribada a nuestras tierras del fenómeno del turismo. Un turismo proveniente en su mayor parte de Alemania y definido por su búsqueda de un medio ambiente saludable, rural y rico en valores medioambientales. Muchos de estos visitantes han acabado por convertirse en residentes habituales y por tanto en nuevos tijaraferos dispuestos a afrontar los retos que este siglo que comienza nos depara. De este modo, los acontecimientos desarrollados a lo largo del siglo XX y en lo que llevamos del XXI han permitido que el municipio haya evolucionado cualitativamente más en 50 años que en los cuatrocientos anteriores; conservando, eso sí, un inestimable tesoro patrimonial y tradicional celosamente guardado de generación en generación para mayor disfrute de todos sus visitantes y vecinos.