La Conquista de Canarias

Tras casi 100 largos años de lucha los aborígenes canarios perdieron definitivamente su libertad. Pero la vendieron muy cara, con valor, tenacidad, heroísmo…causando al conquistador graves pérdidas y sufrimiento. Las islas fueron incorporadas a la corona de Castilla y sus habitantes sometidos a la ley de sus católicos reyes.


La conquista de Canarias hay que situarla en el contexto de la expansión atlántica que distintos estados europeos inician a finales del siglo XIV en su afán por abrir rutas y vías de comunicación con las Indias, circunnavegando Africa, para proveerse de especias, seda, esclavos o metales preciosos. En este sentido el archipiélago canario ofreció una sólida e importante base de escala y avituallamiento para los barcos que seguían esta ruta, y aprovechando sus posibilidades humanas y materiales, también sirvió para obtener recursos demandados por los mercados de Europa, principalmente mano de obra y productos como la orchilla o la barrilla de los que se lograban colorantes para una floreciente industria textil.

El proceso conquistador fue lento, durará casi todo el siglo XV, y en líneas generales se desarrolló en dos fases diferenciadas cuyas características condicionarán la evolución histórica posterior de cada una de las islas.

La fase inicial comienza en 1402 con la llegada del normando Jean de Bethencourt a Lanzarote. Esta es la identificada como fase señorial, ya que durante la misma las islas que se conquistan, Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera y El Hierro, van a serlo por parte de nobles europeos, ya sean franceses como Bethencourt o Gadifer de La Salle o castellanos como Hernán Peraza y Diego de Herrera, que poniéndose al servicio de los monarcas de Castilla emprenden la conquista como una empresa particular, obteniendo de ello derechos señoriales o feudales sobre las tierras y los pueblos conquistados. Derechos que tendrán un carácter hereditario y condicionarán las formas de explotación económica y el control sociopolítico de las islas mencionadas hasta bien entrado el siglo XIX.


La segunda fase en el proceso de conquista de Canarias es identificada por la conquista realenga, llamada así porque en la misma los reyes de Castilla se implican de forma directa, colocando a las islas conquistadas durante esta etapa, Gran Canaria, La Palma y Tenerife, bajo su directo control señorial y político. Aquí habrá que distinguir tres agentes que intervienen en el proceso: los monarcas que disponen y ordenan la conquista, los comerciantes y banqueros (fundamentalmente genoveses) que la financian a cambio de concesiones económicas importantes sobre las islas conquistadas y, por último, los conquistadores, que organizan las huestes militares, someten a la población aborigen y se verán beneficiados por el reparto posterior de las tierras conquistadas; reparto que se realizará teniendo en cuenta el distinto lugar que en la jerarquía militar y política ocupe cada uno de ellos.

Si en la primera fase los conquistadores realizan su tarea sin demasiadas dificultades, a partir de 1478, con su llegada a Gran Canaria, la conquista se transforma en una labor complicada y llena de riesgos. Las pérdidas comienzan a multiplicarse en distintas batallas campales, donde los aborígenes, pese a la evidente desventaja tecnológica y a la carencia de medios adecuados, presentan una feroz resistencia, alargando la conquista mucho más de lo previsto. Debemos hacer mención a la terrible derrota que sufrieron los españoles en 1494 en los barrancos de Acentejo, Tenerife, donde las tropas guanches de Bencomo y Tinguaro aplastaron al bando conquistador.



Pero en el año 1496 se culmina la conquista de Tenerife, la última en ser sometida. El Archipiélago Canario es incorporado a la autoridad de la Corona de Castilla.

En general, el proceso conquistador no siempre siguió las mismas pautas, dependiendo éstas en cada momento de las pretensiones de los conquistadores y de las actitudes de los aborígenes. Así pues, podemos encontrar desde situaciones de conquista más o menos pacífica (Jean de Bethencourt en Lanzarote), a operaciones de auténtico genocidio (Diego de Herrera en La Gomera). La actitud de los aborígenes también ofrecerá diferencias, de tal manera que junto al colaboracionismo de Fernando Guanarteme en Gran Canaria, o los llamados bandos de paces o menceyatos que se someten pacíficamente en Tenerife, nos encontraremos la resistencia a ultranza de los demás: Doramas en Gran Canaria, los bandos de guerra en Tenerife o Tanausú en La Palma. Incluso, nos hallaremos a cuerpos de tropas aborígenes que colaboran con los conquistadores para acabar con los focos de resistencia.

La conquista de las islas y su integración en el sistema castellano va a tener para los indígenas consecuencias de importancia. Se dio un proceso de aculturación que se manifestó principalmente en tres planos: El biótico, un derrumbe poblacional producto de nuevas enfermedades ante las cuales los aborígenes no tenían defensas; El ecológico, el conquistador se apoderó de tierras y ganado y no sólo acabó con el sistema económico aborigen, sino que también provocó un desequilibrio ecológico del medio con la introducción de nuevos cultivos, sistema de propiedad de la tierra y transformación de la economía ganadera; Y el socioeconómico, imponiéndose un sistema de producción de carácter mercantilista.

Los aborígenes siguieron dedicándose mayoritariamente a sus anteriores actividades, aunque algunos, bien por haber participado en la conquista o colaborado con los castellanos, recibieron como pago a sus servicios parcelas de tierra que pusieron en cultivo mediante los nuevos sistemas aprendidos. Por el contrario, a los indígenas alzados, los que no pactaron con el conquistador, o simplemente los que no se adaptaron, fueron vendidos como esclavos en los mercados de Sevilla o Valencia, o simplemente deportados a otras islas.

El final de la conquista supone el fin de la cultura y las formas de vida aborigen, algunos de cuyos rasgos persistirán durante algunos años, para sucumbir, con el paso del tiempo, ante la marginación o la persecución que sufrirían aquellos que se empeñaran en mantenerlas.

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